El espectáculo central de nuestro tiempo es el deporte.
Los protagonistas ocupan escenarios diversos (campos de fútbol, rutas
de Francia, pantallas de ordenador o ríos de tinta) pero la agonía se
traslada, literalmente, al espectador. En un mundo tan 2.0, sólo una
actividad capaz de cerrar ese círculo, pasando de las tablas a la tribuna,
está destinada a tener verdadero éxito. “Barrilete cósmico” que, como en
el movimiento de los músculos (AGONISTA y ANTAGONISTA), pivotea sobre
nuestro eterno sistema binario: amor y muerte, ganar-perder, pero de
juguete. En esta vida liviana, la muerte no puede encarnar: para
tranquilidad de todos, la derrota (de la cual somos, cómo no, parte), no
implica más que perder el juego y sólo así, en un mundo sin muerte (los
antitaurinos lograrán algún día erradicar sus últimos vestigios)
podemos gozar todos juntos de nuestros 90 minutos de fama.

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