domingo, 29 de julio de 2012

La posibilidad de no perder nada.


La mayoría de la gente jamás lo entenderá:
ver una final, cualquier final,
no importa de qué ni de quién contra quién,
alivia el espíritu. Los días
en que no podés dormir pensás:
“si mañana se jugara una final,
el sueño vendría bailando en el presagio
del esfuerzo de los adversarios”.
Reglas claras, decisiones sabias
o erróneas, pero tomadas por otros,
y sobre todo esa diáfana
diferencia entre ganar y perder.
Ojalá mañana hubiera una final.

Clásicas de primavera, etapas reina
del tour, mundiales de atletismo, europeos
de natación, seis naciones,
playoffs, libertadores, un torneo
de selecciones juveniles de algo
pesado que se defina en pocos minutos
para que puedas sublimar
los largos procesos decisivos personales.
Es como si el aire que ahora falta en tu pecho
pasara a agitar el de otros.

La mayoría de la gente jamás lo entenderá:
la agonía por un momento sale de tu cabeza
para entrar en cuerpos mejor preparados
y más expeditivos. Los juegos olímpicos,
sin embargo, exageran, son
demasiadas finales por día.
Es como si alguien te obligara
a tomar todas las decisiones importantes de tu vida
(estudios, trabajo, casamiento, hijos)
en los primeros dos o tres años.
Deberíamos poner un freno a esta locura
y prolongarla un poco más. Pero qué bien
se duerme durante esos quince días,
parece que existiera
la posibilidad de ganarlo todo.

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