El otro día, volviendo a Barcelona con el Club Ciclista Gràcia, después de una salida con bastante desnivel, al subir Vallvidriera por Las Planes (una subida muy tendida y de pocos kilómetros), un chico que venía adelante mío se quedó un poco así que lo pasé para conectar con la rueda del que venía adelante. Pensé que seguiría mi rueda, pero al llegar al final de la asensión, los que iban llegando después nos contaron que lo habían visto clavado, apenas moviendo los pedales, agotado. Pasaron diez minutos, empezó a llover, el chico no llegaba y yo me acordé de un pasaje de la novela "El Alpe d'Huez" de Javier García Sánchez, que reproduzco a continuación. Porque siempre me ha impresionado mucho, porque lo he vivido, ese golpe inesperado que te da tu propio cuerpo dejándote fuera de combate, ese momento fatal en el que aparece fatalmente "el tío del mazo", como dice Perico Delgado.
"Quienes aparentaban ser inmunes al esfuerzo y al desastre interior que aboca al desfallecimiento, aun leve y temporal, incluso a ellos, los superdotados, les llegó su momento crítico. Todos lo atravesaron... Quizá es eso lo que hace grande y distinto el ciclismo: la conciencia de que en el momento más impensado, con mucha más espectacularidad que en cualquier otro deporte, y con millones de ojos contemplando, los mejores pueden caer en picado y ser carne de derrota, vivas muestras del fracaso...
Ese día, olvidando momentáneamente que eran semidioses, volvieron a ser hombres, y por lo tanto doblemente grandes. Gaul tuvo sus desfallecimientos más sonados en el Polissal y en el Montsalvy, así como en aquella segunda subida al Bondone en la que perdio un Giro. Kubler en el Izoard y en el Ventoux. Bobet en el Iseran y el Galibier, cumbres en las que en otras temporadas ejerciera de dueño y señor. Poulidor se hundió sobre todo en el Ballon d'Alsace, en el Mont Revard y en el Puy de Dôme. Gimondi en el Ventoux y en el Pla d'Adet. Aimar en el Aubisque. Anquetil, también en el Aubisque, en el Col de Porte, en el Gavia italiano, donde la gente incluso llegó a empujarle en un intento de ayudarle, apiadada por su calvario, y en el Envalira, aunque poco después en medio de la niebla realizó uno de los descensos más suicidas que se recuerdan, bajada aquella que hizo comentar a un gregario, Rostolland, al finalizar la etapa: "Desapareció delante de mí en la biebla, y entonces me dije que era la última vez que le veía con vida." Thévenet y Fignon en el corto pero traidor Col de Marie Blanque. Fuente en el Col de Mente y sobre todo en el agobiante Hochtor-Pass. Porque la historia del ciclismo es también la historia de un largo, sórdido e inevitable desfallecimiento de los hombres que lo hicieron majestuoso. La épica del ciclismo no sólo es Bahamontes degustando su helado, entre despistado y acaso algo provocador, en el Col de Romeyre, sino Bahamontes sufriendo en el Aubisque, en su Aubisque, y perdiendo el sentido de las cosas mientras subía al Portet d'Aspet, en la etapa del Tour que finalizaba en Saint-Gaudens y en la que el Águila de Toledo abandonaba el ciclismo(...)
Son inolvidables, por lo inesperado y espectacular, los desfallcimientos de Hinault en Superbagnères, en el Izoard y en el Puy de Dôme, como lo son sus hazañas en el mismo Puy de Dôme, en el Stelvio, en las Menuires, en Pla d'Adet o en Avoriaz. Hinault, a quien toda España vio pasarlo mal como nunca antes lo había pasado en una subida a los Lagos de Covadonga, también acabó hundiéndose en el Alpe d'Huez. Son muchas las gestas de Meckx rayanas en lo increíble, pero hay gente que todavía tiene grabada en la retina esa imagen desoladora del belga reptando miserablemente por las cuestas de Morzine, de La Plagne, de Orcières-Merlette, y sobre todo de Pra-Loup."
Ahora pienso que tal vez sea eso lo que siempre le faltó a Armstrong para ser más querido, ese aspecto humano de perder una minutada en algún puerto famoso (me refiero a la época en la que competía por ganar, no a su retorno por motivos publicitarios). Porque son esas caídas en la subida al Monte Parnaso, las que acercan a los dioses a nosotros los mortales, y eso pocos deportes pueden ofrecerlo como el ciclismo.
"Quienes aparentaban ser inmunes al esfuerzo y al desastre interior que aboca al desfallecimiento, aun leve y temporal, incluso a ellos, los superdotados, les llegó su momento crítico. Todos lo atravesaron... Quizá es eso lo que hace grande y distinto el ciclismo: la conciencia de que en el momento más impensado, con mucha más espectacularidad que en cualquier otro deporte, y con millones de ojos contemplando, los mejores pueden caer en picado y ser carne de derrota, vivas muestras del fracaso...
Ese día, olvidando momentáneamente que eran semidioses, volvieron a ser hombres, y por lo tanto doblemente grandes. Gaul tuvo sus desfallecimientos más sonados en el Polissal y en el Montsalvy, así como en aquella segunda subida al Bondone en la que perdio un Giro. Kubler en el Izoard y en el Ventoux. Bobet en el Iseran y el Galibier, cumbres en las que en otras temporadas ejerciera de dueño y señor. Poulidor se hundió sobre todo en el Ballon d'Alsace, en el Mont Revard y en el Puy de Dôme. Gimondi en el Ventoux y en el Pla d'Adet. Aimar en el Aubisque. Anquetil, también en el Aubisque, en el Col de Porte, en el Gavia italiano, donde la gente incluso llegó a empujarle en un intento de ayudarle, apiadada por su calvario, y en el Envalira, aunque poco después en medio de la niebla realizó uno de los descensos más suicidas que se recuerdan, bajada aquella que hizo comentar a un gregario, Rostolland, al finalizar la etapa: "Desapareció delante de mí en la biebla, y entonces me dije que era la última vez que le veía con vida." Thévenet y Fignon en el corto pero traidor Col de Marie Blanque. Fuente en el Col de Mente y sobre todo en el agobiante Hochtor-Pass. Porque la historia del ciclismo es también la historia de un largo, sórdido e inevitable desfallecimiento de los hombres que lo hicieron majestuoso. La épica del ciclismo no sólo es Bahamontes degustando su helado, entre despistado y acaso algo provocador, en el Col de Romeyre, sino Bahamontes sufriendo en el Aubisque, en su Aubisque, y perdiendo el sentido de las cosas mientras subía al Portet d'Aspet, en la etapa del Tour que finalizaba en Saint-Gaudens y en la que el Águila de Toledo abandonaba el ciclismo(...)
Son inolvidables, por lo inesperado y espectacular, los desfallcimientos de Hinault en Superbagnères, en el Izoard y en el Puy de Dôme, como lo son sus hazañas en el mismo Puy de Dôme, en el Stelvio, en las Menuires, en Pla d'Adet o en Avoriaz. Hinault, a quien toda España vio pasarlo mal como nunca antes lo había pasado en una subida a los Lagos de Covadonga, también acabó hundiéndose en el Alpe d'Huez. Son muchas las gestas de Meckx rayanas en lo increíble, pero hay gente que todavía tiene grabada en la retina esa imagen desoladora del belga reptando miserablemente por las cuestas de Morzine, de La Plagne, de Orcières-Merlette, y sobre todo de Pra-Loup."
Ahora pienso que tal vez sea eso lo que siempre le faltó a Armstrong para ser más querido, ese aspecto humano de perder una minutada en algún puerto famoso (me refiero a la época en la que competía por ganar, no a su retorno por motivos publicitarios). Porque son esas caídas en la subida al Monte Parnaso, las que acercan a los dioses a nosotros los mortales, y eso pocos deportes pueden ofrecerlo como el ciclismo.
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